Ir al contenido principal

Ir tras las hadas

Hace unos dos años, aproximadamente, la poeta Sara Raca impartió un taller en el puente de cristal de la Biblioteca Miguel León Portilla. No quisiera mentir, la verdad no recuerdo cómo se llamaba el taller, ni sobre qué era exactamente. Lo que sí recuerdo fue que escribimos y nos leímos mutuamente, y que todo se sintió muy familiar, a pesar de haber estado entre desconocidos en su mayoría. Sin embargo, lo que más se me quedó grabado de esa sesión fue algo que comentó Sara sobre el acto de escribir: es algo alquímico.

            Claro que dicho taller no es el inicio de mi historia con la lectura y la escritura, pues ya estaba casi a la mitad de mi licenciatura en Humanidades—carrera donde la lecto-escritura es el pan de cada día, o que al menos pretende serlo—. Más bien, la importancia que tiene para mí esta primera memoria está en la provocación alrededor de la alquimia. A mí, ese apunte de tintes mágicos me hace pensar en los inicios, en la niñez; cuando, sin pretensión alguna, el juego y la magia sí que eran el pan de cada día.

            Definitivamente el gusto por la lectura se descubrió ante mí antes que la escritura. Pero mi asombro de lector infantil no surgió a partir de una lectura convencional, pues los primeros recuerdos que vienen a mí no están directamente relacionados con letras, ni con alguna historia ni libro en particular. Esas imágenes de mi infancia están rodeadas por estantes inmensos y repletos de libros. Era la biblioteca personal de mi tía Karina. Y yo, a diferencia de mis demás primos, tenía permiso para convertirme en alpinista de aquellos riscos de páginas y páginas. Lo que hacía no era abordar a las palabras ahí escondidas, sino maravillarme por las portadas, los títulos, los tamaños de los libros, las imágenes en particular de algunas enciclopedias, así como apreciar el olor desprendido desde la pátina de sus años.

            En mi casa no teníamos ni de cerca la cantidad de libros que albergaba aquel recinto de mi tía. Mi fascinación resultó algo sorpresiva para mi familia, pues no se tiene hasta la fecha una predisposición por la lectura. Así que, desde pequeño, tuve que irme haciendo poco a poco de una colección personal. Para eso la ayuda de mis padres fue fundamental. Les causaba, más allá de la intriga, una gran satisfacción tener un hijo interesado por la lectura. Gracias a ellos pude tener los volúmenes completos de El diario de Greg, que fueron los primeros libros que recuerdo terminar y esperar con ansias. Y así, desde inicios de la primaria, más o menos, comencé mi travesía con libros propios que he ido juntando.

            No puedo, con total certeza, compartir lo que el tiempo de lectura me provocaba en esos primeros años. Tampoco sé si puedo recordar fielmente el porqué de mi persistencia por descubrir nuevos libros. Lo único en lo que puedo confiar al respecto es en mi continua apreciación por la presencia física de esos artefactos. No me he cansado de regocijarme en las posibilidades que tiene un texto de ser recubierto y cobijado por una materialidad.

            No obstante, si se trata de estar en el lado de la producción de libros, mi interés no se dirige como tal a la parte material, sino a los textos en sí. El motivo de esto lo encuentro en aquella espinita que me surgió en una clase que tuve en la preparatoria. No recuerdo el nombre de la materia—de nuevo, mi memoria (des)haciendo de las suyas—, pero un día la profesora nos pidió realizar un cuento a partir de una palabra que nos tocara. A mí me tocó la palabra alegría. Yo recién había llegado de un viaje con mi mamá, nos fuimos a Puerto Morelos, donde vive más familia. Para mí, en ese momento, lo más cercano a la alegría era recordar ese viaje, así que escribí un cuento sobre él. Al momento de leérselo a la profesora, me comentó que se conmovió mucho con el cuento, y era algo que se podía notar. Al menos, me transmitió en ese momento esa conmoción y me hice la pregunta: ¿Qué tanto puedo afectar a los demás a partir de mi escritura?

            Después de ese episodio, mi escritura se ha puesto en práctica, de manera voluntaria, principalmente en la composición de canciones, pues es algo que me encanta hacer. También, durante la prepa participé en una revista literaria que impulsó un profesor con otros compañeros. Más allá de eso, y de mis escritos encomendados a entregas escolares, no he escrito tanto como quisiera de manera creativa.

            A la par, lo que sí he notado, es que, tanto mis escrituras como mis lecturas, se han inclinado más y más hacia una búsqueda de lo bello. Al leer, me gusta no depender en todo momento en comprender, sino en sentir aquello que leo. Y al escribir, no me detengo con la búsqueda por descubrir los efectos que pueden tener mis juegos con las palabras. Creo que, de alguna manera he ido, quizás inconscientemente, hacia los inicios de un asombro infantil, ya no tan enfocado por el cuerpo de un libro o publicación, sino que expandido ahora hacia los cuerpos que surgen a partir de las palabras.

Siento que esos cuerpos que habitan la imaginación son como hadas que se expanden por diversos caminos, a manera de una diáspora de lo real. Así, los posibles caminos son diversos, y me hacen una constante invitación por descubrirlos. De esa manera podría resumir mi actual relación con la lectura y la escritura: como una caza—no mortal, sino solo contemplativa— de hadas.

 

Mauricio Barajas Torres



Comentarios