Leer y escribir son actividades que están entre mis recuerdos más antiguos. No es que recuerde cómo aprendí, pero me recuerdo haciéndolo en el jardín de niños y los primeros años de la primaria, en una edad de la que recuerdo poco más que el nombre de la maestra o el color del patio. Desde luego, no recuerdo qué escribía por entonces, solamente haber estado sentada en el suelo de mosaico rojo escribiendo algo mientras esperaba a que vinieran a recogerme.
El primer texto que recuerdo haber escrito fue un cuento sobre unos lobos que pidió para la maestra de cuarto grado. No sé cuál era la trama, pero sí que tenía una vaga sensación de tristeza. La maestra me felicitó y fue la primera vez que alguien me dijo que podía dedicarme a leer y escribir. Esa idea ya no me abandonó, incluso se fue asentando ayudada con ver que eso hacía un tío filósofo, a quien visitaban colegas y alumnos con evidente admiración y cariño.
Alguna vez pregunté a mi madre y dijo que siempre fui una niña que leía y escribía, aunque fue mucho más frecuente y evidente a raíz de que mis padres se divorciaron. Asumo que fue mi manera de enfrentar el duelo o la nueva realidad. Y el recurso servía siempre. Leer y escribir ha sido a la vez un placer, un pasatiempo, un reto y un refugio a lo largo de mi vida. De hecho, años después, al acudir a terapia, fue la técnica que más me funcionó para entender, nombrar, aceptar y encarar mis sentimientos.
La escritura me ha permitido ordenar pensamientos, ver matices y crecer. Ya sean los diarios y cuentos de la infancia, las cartas a las amigas en secundaria, el blog y los foros de literatura en la juventud, algunos cuentos para antologías, las reseñas sobre libros de ciencia ficción en un fanzine, las tesis de licenciatura y maestría, una novela de ciencia ficción para un concurso, un capítulo en la Sintaxis Histórica del Español o las cartas a mis hijas en su infancia escribir siempre ha sido una aventura de conocimientos y satisfacciones.
En los últimos años he escrito poco. Me gustaría volver a hacerlo, pero con el posgrado, el trabajo y dos hijas parece siempre haber pendientes más apremiantes en la lista. En los ratos libres suelo estar muy cansada y solamente veo series o leo. Ahora, pensándolo, creo que quizá más bien sea que debo concluir la tesis doctoral para poderme sentir libre nuevamente de escribir sobre lo que quiera cuando quiera.
Rosaura Silva Ceceña
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