Comencé a escribir una noche de insomnio en la que sentí un profundo agradecimiento por tener a mi mamá y mi papá. Entonces salí de la cama en busca de una libreta y una pluma. Había una canción que me gustaba mucho y la tomé de base para escribirles una carta. Les decía que amaba que estuvieran conmigo. Yo les escribí con la intención de comunicarles mi sentir, pero a partir de esa experiencia me di cuenta del poder que tienen las palabras porque cuando la leyeron comenzaron a llorar. Desde entonces me ha gustado escribir, para desahogarme.
Luego, en la preparatoria me enfrenté a otro tipo de escritura: la académica. Eso requería cierta estructura, lenguaje, reflexiones, etc. No me gustó. Yo escribía como pensaba y hablaba, porque solamente era un diálogo interno que tenía que ser comprensible para mí, era una escritura privada. Pero, escribir para que me lean otros, develarme intelectualmente, exponerme a la crítica, a ser corregida, etc. me resultó muy impactante. En prepa no me exigieron mucho rigor en mi redacción y pasé. El problema fue cuando ingresé a la universidad.
Pensé que había cometido un tremendo error porque la licenciatura que elegí necesitaba que produjera kilos de redacción. Uno de los primeros ensayos que escribí —sin saber qué era, cómo era el proceso de redacción y la forma correcta de escribir un ensayo— fue resultado del insomnio, como la primera vez. Aunque ahora no me sentía agradecida sino maldecida. Redactar era una tortura, lloraba cada que tenía que escribir algún texto para la universidad. Cuando leí o escuché producciones de mis compañerxs y experimenté la burla por parte de ellxs me rendí. Dejé que la escritura ganara el primer round, no me preocupé más por mis malas producciones que poco a poco salían más fácil aunque eso no fuera equivalente a la calidad. Ya no escribí más para mí.
Después de un tiempo retomé conscientemente el camino de la redacción, esta vez acudí a profesionales que tenían la disposición de acompañar el proceso de otrxs que aprenden a escribir. Me inscribí a los cursos de español que ofertaba la universidad. Comprendí el proceso y los aspectos de mejora de mi redacción. Reconocí que ya poseía la habilidad de ser camaleónica con el lenguaje escrito y oral. Sé que todavía no acabo de aprender y de mejorar mi escritura, pero ya no es algo doloroso. Hace poco, colaboré con una editorial para crear contenido para su blog. Ese fue un punto álgido en mi camino en la redacción porque lo que me hizo llorar algún día, todavía pero ahora de alegría, se está convirtiendo en mi profesión. ¡Lo logré! Dejé de ver a la escritura como enemiga y regresó mi gusto por ella. Mi camino me ayudó para saber que no quiero que alguien más se sienta desamparadx o incapaz, por eso ahora acompaño otras escrituras.
Aunque hay una cuestión negativa. He estado tanto tiempo en la escritura académica que me he olvidado de otros tipos de escritura. Escribo muy poco para mí y me gustaría retomar esto. Además, quiero saber más sobre la escritura creativa. He estado en dos talleres cortos sobre esta temática. Me cuesta trabajo desprenderme de una estructura rígida escolar y pasar a la libertad creativa.
Sughey Lozano

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