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Empacar para el viaje hacia la muerte

Pensar en la muerte me aterra. Por un lado, “vivir” un duelo por la pérdida de una persona amada es un proceso difícil. Por otro lado, reflexionar sobre mi propia existencia efímera en el mundo me genera angustia por el sin sentido que esta representa. Sin embargo, la muerte es el único destino asegurado que tenemos. Un día, en el año 2017, me encontré con una publicación en redes sociales que invitaba a las personas a visitar la exposición Hacia el más allá y de regreso. Una maleta para el último viaje que estaría temporalmente en el Museo de Arte Popular de la Ciudad de México. 

A pesar de la pesadumbre que me genera el tema de la muerte también me atrae, así que me dispuse a visitar la exposición. Apenas entré a las instalaciones del museo y en la sala de recepción estaban enfiladas varias maletas con apariencia vetusta. La intimidad de 100 personas organizada y develada. Algunas de las maletas llevaban objetos, cosas físicas, como libros, estampas de personajes religiosos, cartas, relojes, libretas, lapiceros, fotografías. Otras personas empacaron cosas inmateriales como recuerdos, sabores, etc. Otras estaban repletas, parecía que les faltaba más… espacio, tiempo. Solo una estuvo vacía por el argumento de la improvisación. 

Eso lo sé porque a cada maleta la acompañaba un breve texto manuscrito de cada propietaria (o). En él expresaban sus motivos, la parte sentimental, y sus razones, la parte lógica, que les guiaron a elegir esas cosas específicamente. Los manuscritos expuestos presentaban varias reflexiones interesantes sobre el más allá y la muerte. Dos tipos de discurso llamaron mi atención: los que apelaban al conocimiento científico y los que mencionaron el valor de lo cotidiano y lo intangible. En el primer caso, las personas decían que llevarían su libreta para relatar sus experiencias con el objetivo de que quedara registro de lo que ocurre después de la muerte, ya que eso podría contribuir a resolver el gran enigma de lo desconocido. En el segundo caso, mi favorito, las personas exaltaron el placer, la felicidad y la relevancia de la percepción de los sentidos en la vida: escuchar la voz o la risa de los seres queridos, ver el rostro de ciertas personas y sentir la cercanía de algunas otras, disfrutar de olores peculiares y degustar sus platillos favoritos. 

Ahora, mezclo esas reflexiones con otras que he aprendido en este tiempo. Algunos pensamientos filosóficos enuncian que la muerte de los demás nos enseña de nuestra propia muerte. La biología dice que nuestra relación con la muerte es diaria porque cada día expiran varias células. Sin embargo, la conclusión, en el pasado y hoy, sigue siendo la misma: la muerte es una constante mientras vivimos.  


Sughey Lozano 


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