Nací el 23 de octubre de 2018. Al menos la última y más agitada vez, porque si me sincero he de decir que no se nace en un sólo momento… Nací cuando descubrí la maravilla del trazo, así sin más, que poco a poco se fue puliendo hasta convertirse en dibujo, en pintura; nací también aquella vez que conocí la grandeza del mar; o cuando la caricia de la amistad, del amor quizás, se colaron en el cuerpo y en el alma para hacer de estos su residencia permanente, y una más cuando comencé a escribir… pero llevaba un tiempo en el que la experiencia y el éxtasis de nacer habían cesado. Nada me hacía surgir, ni siquiera nada en donde ya había nacido contenía aún mi existencia plena… No puedo decir que yo sea una suerte inequívoca del mundo, pero encuentro certeza en que mi existencia ha estado hasta en el más recóndito espacio de la humanidad y ha sido pilar de sus propósitos. Habito en tan variadas formas: en un cuerpo o en otro, en aquella época o en esta, en la más incierta penumbra como en el más brillante júbilo. Pero casi siempre soy efímera.
Decía pues que la última vez que nací fue un 23 de octubre, era martes, un simple y llano martes y como ya he dicho hacía mucho que no surgía; esta vez fue diferente, mi nacimiento tomó tiempo, se gestó y maduró con tanta calma que tuve que esforzarme para reconocerle: alguien, una tarde, fue a ver una película; ese alguien había escuchado sobre ella desde toda forma de anuncio publicitario y recomendación, pero en realidad no le causaba el más mínimo interés. Seguramente sería otra historia gomosa y llena de “superación” …sin embargo, se decidió a verla. La historia le provocó un desbordamiento de lágrimas inusual pues entre un dolor que derivaba en sonrisa y un llanto que soltaba esporádicas carcajadas se percató (de nuevo) que estaba viva…y a mí me recordó que estaba ahí, justo como esos punzantes dolores previos al parto le recuerdan a la madre que pronto dará a luz.
Siempre me digo “no olvides lo que estás pensando escribir”, “¡vaya! ¡sería incapaz de olvidarlo!” me repito, pero la realidad es que se va: así como la alegría, la tristeza, o precisamente como yo, y entonces pienso en aquella frase de Bolaño “un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento” y recuerdo que ese instante de sobresalto, inexplicable bajo el criterio de cuanta nombrada moralidad, es en el que puedo nacer.
Nací un martes, un martes cualquiera, pero mi nacimiento fue como ningún otro. Cada vez que me hago presente, se humedecen mis palmas –las palmas de alguien– y casi por inercia enredo un dedo en mi cabeza, me jalo un rizo con la intención de comprobar que todavía rebote y vuelva a enroscarse, para así quitarme el miedo de que quede estático, porque de ser una plasta que ha perdido su forma, su vitalidad, mejor que nunca hubiera sido tan fastuoso como cuando los remolinos se acercan a la raíz y, con cada vibración, toman presencia y reclaman su origen: un poco de fascinación, otro tanto de humano y mucho impetú por conocer, por ‘ser’.
Nací el 23 de octubre de 2018, sentada en un gabinete con luz tenue de uno de esos ‘restaurantes cadena’ que hay por todos lados, con la sonrisa amplia de un llanto alegre, un vaso de limonada y la confianza dichosa de mi fugacidad.
Yareth Ramírez Sarabia
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