— Querido Erik, es un gusto poder conversar contigo. ¿Puedo llamarte así, verdad? — Dije encantada saludándole con un abrazo.
— Por supuesto, ese es mi
nombre, pocos saben que más allá de ser el fantasma de la ópera, soy Erik un
hombre común… — Respondió muy amable, invitándome a tomar asiento.
—¿Hombre común? Quizá en
algunos aspectos, pero no seas modesto, no eres tan común, y no me refiero a tu
rostro.
—De acuerdo, tienes
razón, no soy tan común, soy diferente, después de todo soy un maestro, soy un
ángel, quizá casi un Apolo, un dios de la música y la arquitectura atrapado en
un palacio subterráneo.
— No quiero tocar el tema
de tu rostro, sé perfectamente que lo odias, pero debo preguntar… si tu rostro
se viera como tu quisieras ¿Qué harías? ¿Qué sería diferente?
— Desde luego podría
salir de los sótanos, podría ir a pasear por París sin asustar a nadie, sin
usar la máscara y que nadie me señale. También podría… pude haber ganado el
corazón de Christine sin ningún problema, quizá ella no hubiera preferido al
Vizconde Chagny. Pero aún más importante, pude haber sido un gran musico,
reconocido y codiciado, y presentarme por todo el mundo con mi magnifica
música. — Decía él mientras caminaba con misterio y elegancia de un lado a
otro.
— Yo creo que tu rostro no
es el problema. Es la época, es la gente que teme a lo diferente, lo que se
asume sin saber con certeza. Joseph Buquet decía a todos que eras de una
delgadez prodigiosa, tanto que parecía que el frac que usabas vestía a un
esqueleto. Que tus ojos eran tan profundos, que era difícil distinguir tus
pupilas, las cuales asimilaba las dos cuencas de un cuerpo muerto. Que tu piel
no era blanca, sino amarilla y que tu nariz era tan pequeña que parecías no
tener. Otra de las descripciones que se hicieron de ti, fue la del jefe de
bomberos quien vio en uno de los sótanos la figura de fuego que utilizaban para
ahuyentar a las ratas y pensaron que eso eras tu. Ello fue lo que probablemente,
dio tan mala fama a tu rostro. Las personas escucharon rumores y se hicieron
ideas de ti, sin haberte visto nunca.
— C´est la vie, mi querida madeimoselle. — Dijo él retirándose la máscara. -No puedo cambiar nada de ello, ni mi rostro, ni la decisión de Christine. Me resigné y continué con mi vida como había sido hasta antes de conocerla. He de aceptar que perdí la razón, mi comportamiento pudo ser descabellado, me consumió la desesperación y no hay justificación. No tuve amor, ni belleza, sin embargo tengo mi música, lo cual es todo lo que necesito, ahora y siempre. Es cierto que los años son sabios… Sé, que en algún tiempo, alguien vendrá aquí y encontraran mi cadáver, el cual no será más que un saco de huesos igual al del resto y ese día nadie me mirara diferente. En otro plano, mi alama se quedará aquí, vagando feliz por mi ópera, tocaré mi música cada noche y entonces seré auténticamente un fantasma… el fantasma de la ópera del que tanto hablan… — Dijo él mientras se acercaba al piano y comenzaba a tocar de manera emotiva.
María Alejandra Sixtos Alcalá.

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