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Retrato de la chica enmascarada

Es cierto, su rostro es imperfecto, ella lo sabe muy bien. Al mirarse al espejo es capaz de admirar  cada marca, línea y cicatriz, porque son símbolo y recuerdo de su pasado (claro, han sido tantas cosas, pero gracias a eso es lo que es hoy). A la vez, puede admirar también esos pequeños toques que la caracterizan: sus rebeldes rizos que caen por su frente y que difícilmente puede domar; sus pestañas, ¡qué pestañas!, largas, negras y bien rizadas, dando el remate perfecto al maquillaje que, sin mucho esfuerzo, se hace cada mañana. Sus labios, tal vez no son su mejor atributo, pero cuando esbozan una sonrisa, pueden transmitir confianza y seguridad.

Sin embargo, en el fondo es muy distinto. Esa chica de ojos marrones deambula solitaria por los pasillos de la universidad, con la máscara negra que oculta la mayoría de sus facciones tímidas y serenas, pero también, es capaz de ocultar lo que ella es en realidad. Sabe, por supuesto, que los demás pueden ser igual que ella: encubiertos por una coraza negra, o blanca, o de cualquier color; ocultos todos bajo un escudo que los protege del mundo, de sufrir. Lo que más le queda claro es que al quitarla, seguramente habrá mucho más que mostrar
 


Lissette Serrano


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